Mi vida es un completo desastre. Por momentos lo amo, por momentos lo odio. Son vacaciones, y lo último que quiero tener es el corazón roto. No pienso en otra cosa que divertirme durante el día, pero al caer la noche mi corazón no es fuerte y no opone resistencia a romperse en mil pedazos ante el más mínimo dolor. Y el hecho de tener “cerca” a la causa de mi sufrimiento empeora las cosas. Necesito entrar en mi pieza, sentir mi perfume, acurrucarme en mi cama y llorar la distancia. Porque de lejos duele menos. Duele menos llorar la distancia entre lindas ilusiones que llorar la cercanía entre gestos de indiferencia y orgullo de parte de alguien increíblemente importante en mi vida.
Y ahora mi corazón late fuerte tratando de darme fuerzas para desatar este nudo en la garganta sin lágrimas, desesperado, buscando una salida, llamándolo, anunciándole mi pena. Y mis ojos guardan lágrimas en mis pupilas sin encontrar un momento oportuno para dejarlas ir y humedecer mis mejillas con tantos malos sentimientos dentro de mí. Mi mente trata desesperadamente viajar en el espacio, llegar lo más lejos posible, tratando de volver a la ilusión de la distancia, imaginando bondad y ternura en sus miradas, recordando amistad y dulzura en sus gestos, esperanzada de que algún día habrá delicadeza en sus palabras y honestidad en su sonrisa. Sola en compañía de diecisiete personas, porque el número dieciocho me acaba de abandonar.
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